El esfuerzo de adaptar mi centro al nuevo modelo pasa a veces por fases de desánimo, momentos que pienso que soy casi la única convencida que hay que cambiar y que los demás no están tan seguros como yo.
La nueva normativa no puede ser solo papel, burocracia y un título bonito. Las auxiliares de referencia no pueden quedarse en realizar las historias de vida y saber datos que no procesan en la atención. Las familias tienen que implicarse mucho más allá y dejar a un lado lo que a ellos les gustaría para pensar de verdad en lo que es bueno para sus mayores. Es muy fácil decir que lo hacemos bien y darte cuenta de que nos queda muchísimo camino. A menudo navego en Internet para ver lo que los demás hacen, busco ideas, formas de motivar, cualquier cosa que en la práctica me sirva.
Hace unos días vi un vídeo de una organización hablando de la Atención Centrada y lo que ellos realizaban. Confieso que me fue muy útil, no para saber nada nuevo sino para darme cuenta que efectivamente nosotros estamos por delante. En el vídeo había muchas imágenes de auxiliares dando de comer, sirviendo agua, zumos, etc.,¡con guantes puestos! Sinceramente me produjo un rechazo total, ¿cómo una persona puede hablar de atención centrada y tratar a las personas mayores como infectados? Postureo, a eso se le llama postureo.
Funcionamiento y reflexiones sobre la vida diaria de una residencia para personas mayores.
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jueves, 19 de enero de 2017
martes, 25 de octubre de 2016
Auxiliares de referencia, ¿quién las elige?
Hace unos meses siguiendo los dictados de los teóricos del Modelo de Atención Centrada en la Persona y con el imperativo legal a las puertas comenzamos en nuestro Centro a trabajar en la figura del Auxiliar de Referencia. Para ello contábamos con diez profesionales. Descartamos al personal de noche y asignamos con criterios del equipo técnico seis residentes por auxiliar.
Les hemos dado formación del Modelo y de sus consecuencias en su trabajo que han ido asimilando de forma irregular. Algunas de ellas todavía no están convencidas de la importancia de su cometido y lo aceptan con resignación. Ninguna ha mostrado el rechazo absoluto a las personas que le han sido encomendadas aunque sí han manifestado la complejidad y trabajo que suponen algunas de estas personas, bien por su carácter o incluso por las demandas familiares. Tuvimos en cuenta también estas circunstancias e intentamos que no confluyeran en la misma auxiliar demasiados casos difíciles. Tengo que señalar que en nuestro Centro no hay muchas opciones, hay 36 personas mayores y diez auxiliares, el campo de elección es pequeño.
Hace ya unos días dimos el segundo paso. Hicimos la pregunta al contrario. Fuimos entrevistando a los residentes individualmente pidiéndoles que nos dijeran quién sería su mejor auxiliar y con quién creían que no congeniaba lo suficiente. Tomamos precauciones para no contaminar sus elecciones, les preguntamos sin que pudieran comentarse entre ellos lo que iban a contestar. El resultado no fue ni mucho el que en teoría cabría esperar. Es cierto que algunos de ellos contestaron con criterios de peso sobre la que querrían, sin embargo muchos lo hicieron atendiendo a otros criterios muy discutibles. Si la auxiliar, por ejemplo, era del pueblo donde eran ellos, la elegían, no tanto porque creyeran que iba a empatizar más con ellos sino por un sentido de pertenencia y deslealtad si no lo hacían y así otras elecciones discutibles. De nada ha valido explicar varias veces que no estaban en una votación (con ese término lo han ido comentando posteriormente), que su elección no significaba que las no elegidas eran peores profesionales. Incluso una residente nos comentó al día siguiente que no había dormido por la noche porque su hijo le había “regañado” por hacer una elección. No fuimos capaces tampoco, en realidad era lo que queríamos, detectar incompatibilidades concretas, cuando les preguntábamos a quién no querían la respuesta era más o menos igual en todos ellos: “yo estoy muy contenta/o con todas, no hay ninguna que no quiera”
Todo esto me lleva a la gran reflexión que ya hice en su día, tenemos una generación en los Centros que no está enseñada a tener poder de decisión. Si les aprietas lo dejan en manos de la familia que en muchos casos no es nada realista ni con ellos ni con el Centro. Cuando les dices que tienen que empezar a elegir, simplemente creen que se trata de elegir si comen una cosa u otra o bien a no tener en cuenta las mínimas normas que tiene que haber en un sitio de convivencia sin las cuales no sería posible el día a día pero hacer elecciones realmente transcendentales para su plan de vida es una tarea compleja. Hay algunos residentes de los considerados válidos que observamos que esconden o tiran alguna pastilla de su tratamiento. Les he explicado varias veces que no tienen ninguna necesidad de hacerlo, simplemente nos hacen saber de forma fehaciente que no quieren el tratamiento, el médico les informa de las consecuencias y ellos toman su decisión, seguimos jugando al ratón y al gato.
Al principio de comenzar a aplicar el modelo les hablábamos de la necesidad de que ellos tuvieran participación activa en su cuidado, ahora ya incluso les comentamos que estamos obligados legalmente todos a tener en cuenta sus deseos y opiniones, aun así yo creo que creen que no es verdad, que es una originalidad mía. Sospecho que tendrán que pasar algunos años y no pocos, para lograr que toda persona mayor elija y sea parte activa en su cuidado.
Les hemos dado formación del Modelo y de sus consecuencias en su trabajo que han ido asimilando de forma irregular. Algunas de ellas todavía no están convencidas de la importancia de su cometido y lo aceptan con resignación. Ninguna ha mostrado el rechazo absoluto a las personas que le han sido encomendadas aunque sí han manifestado la complejidad y trabajo que suponen algunas de estas personas, bien por su carácter o incluso por las demandas familiares. Tuvimos en cuenta también estas circunstancias e intentamos que no confluyeran en la misma auxiliar demasiados casos difíciles. Tengo que señalar que en nuestro Centro no hay muchas opciones, hay 36 personas mayores y diez auxiliares, el campo de elección es pequeño.
Hace ya unos días dimos el segundo paso. Hicimos la pregunta al contrario. Fuimos entrevistando a los residentes individualmente pidiéndoles que nos dijeran quién sería su mejor auxiliar y con quién creían que no congeniaba lo suficiente. Tomamos precauciones para no contaminar sus elecciones, les preguntamos sin que pudieran comentarse entre ellos lo que iban a contestar. El resultado no fue ni mucho el que en teoría cabría esperar. Es cierto que algunos de ellos contestaron con criterios de peso sobre la que querrían, sin embargo muchos lo hicieron atendiendo a otros criterios muy discutibles. Si la auxiliar, por ejemplo, era del pueblo donde eran ellos, la elegían, no tanto porque creyeran que iba a empatizar más con ellos sino por un sentido de pertenencia y deslealtad si no lo hacían y así otras elecciones discutibles. De nada ha valido explicar varias veces que no estaban en una votación (con ese término lo han ido comentando posteriormente), que su elección no significaba que las no elegidas eran peores profesionales. Incluso una residente nos comentó al día siguiente que no había dormido por la noche porque su hijo le había “regañado” por hacer una elección. No fuimos capaces tampoco, en realidad era lo que queríamos, detectar incompatibilidades concretas, cuando les preguntábamos a quién no querían la respuesta era más o menos igual en todos ellos: “yo estoy muy contenta/o con todas, no hay ninguna que no quiera”
Todo esto me lleva a la gran reflexión que ya hice en su día, tenemos una generación en los Centros que no está enseñada a tener poder de decisión. Si les aprietas lo dejan en manos de la familia que en muchos casos no es nada realista ni con ellos ni con el Centro. Cuando les dices que tienen que empezar a elegir, simplemente creen que se trata de elegir si comen una cosa u otra o bien a no tener en cuenta las mínimas normas que tiene que haber en un sitio de convivencia sin las cuales no sería posible el día a día pero hacer elecciones realmente transcendentales para su plan de vida es una tarea compleja. Hay algunos residentes de los considerados válidos que observamos que esconden o tiran alguna pastilla de su tratamiento. Les he explicado varias veces que no tienen ninguna necesidad de hacerlo, simplemente nos hacen saber de forma fehaciente que no quieren el tratamiento, el médico les informa de las consecuencias y ellos toman su decisión, seguimos jugando al ratón y al gato.
Al principio de comenzar a aplicar el modelo les hablábamos de la necesidad de que ellos tuvieran participación activa en su cuidado, ahora ya incluso les comentamos que estamos obligados legalmente todos a tener en cuenta sus deseos y opiniones, aun así yo creo que creen que no es verdad, que es una originalidad mía. Sospecho que tendrán que pasar algunos años y no pocos, para lograr que toda persona mayor elija y sea parte activa en su cuidado.
viernes, 18 de julio de 2014
La importancia de la familia
Hoy se nos fue otra de nuestras personas especiales. Era una joven persona mayor. Llegó a nuestro centro con una salud precaria pero con plenas facultades mentales. Desde el primer día le dijimos que no le queríamos encerrado, que tenía que seguir haciendo su vida normal, yendo con sus amigos, acercándose con su coche a su casa, lo mismo que había estado haciendo hasta ese momento. Con él también hemos aplicado la atención centrada en la persona de una manera natural y lógica, respetamos siempre su vida y sus costumbres. Le dimos total libertad de horarios, en verano después de cenar salía a la terraza de un bar del pueblo y con esa libertad ha estado viviendo hasta hace apenas tres meses, que su pequeña salud no quiso acompañarle. Han sido unos meses difíciles, no por el trabajo que nos haya dado, sino porque todo el personal sufría viendo que él lloraba conocedor de su final y que su cabeza no le acompañaba en algunos momentos. Lo ha pasado mal, era un hombre pudoroso y nos ha costado poder ayudarle en el día a día. Tampoco podía expresarse con claridad y eso le desesperaba en algunos momentos. Su final ha sido tranquilo rodeado de los suyos y de una figura especial que nos ha dejado huella: su hermana. Una mujer que siempre ha estado ahí incondicionalmente que corría en cuanto la llamábamos junto con su marido y que siempre ha tenido palabras de agradecimiento hacia nosotros. Siempre recordamos a nuestros residentes y hablamos mucho de los que se han ido pero también lo hacemos de aquellas familias que nos han ayudado a cuidarles, que nos han apoyado y que nos alientan en nuestro trabajo. Tus palabras de hoy nos llenan de orgullo. Gracias Almudena
jueves, 11 de noviembre de 2010
Lo que ven las familias
Hoy vengo disgustada de mi trabajo. Hemos tenido un nuevo ingreso y la ley de Murphy se ha cumplido. Hace días hicimos cambios para acoplar a los nuevos residentes y su habitación quedó cerrada desde el sábado pasado. Nadie se percató que no funcionaba la luz del baño, ni la general ni la del espejo. También es verdad que hay personal que aunque lo vea ni lo percibe. Ayer notamos que el Centro estaba un poco más frío de lo normal, hablé con el servicio de la calefacción y me comentaron que habría que poner más horas ya de calor y que pasarían por la tarde, no lo hicieron. Esta mañana no había agua caliente ni calefacción, avisé inmediatamente para que acudieran con urgencia. A media mañana se hizo el ingreso y cuando ya llevaban un tiempo en la Residencia, la familia vino muy enfadada a mi despacho y me preguntó si teníamos calefacción, les expliqué la incidencia y para mi asombro no me creían, dudaban que tuviéramos calefacción en el edificio, que varios residentes les habían comentado que no. Me sentí mal, el año pasado hicimos un gasto enorme en combustible, tuvimos una temperatura exagerada y aún así hubo algún residente que protestaba. Esta situación me supera. Las familias aceptan como verdadero lo que cualquier residente les cuenta creyendo que nosotros les vamos a engañar siempre. Del mismo modo continuamente tenemos alguno que se autoproclama líder y toma como fin de su vida informar a los familiares de las incidencias de todos y casi siempre con verdades a medias o incluso situaciones fabuladas, es curioso porque suele ser alguien poco tolerante con los que están peor y que no les aguanta ni pasa ni un segundo con ellos, pero eso sí, para la familia es el cuidador principal de todo el Centro y le buscan para enterarse de lo que “supuestamente” nosotros no les contamos. Esta tarde hablé otra vez con la familia, ya estaba el técnico arreglando el problema y les trasladé mi malestar por haber dudado de nuestra palabra. Y cuando digo la nuestra, lo digo porque aparte de hablar conmigo fueron preguntando a todo el personal que estaba esta mañana si había o no calefacción, supongo que intentando que alguien dijera que no. Ellos me decían que perdonara pero que en la televisión salen muchas residencias con “cuestiones raras” y que ellos no les habían llevado a otra que habían visitado y que les parecía un “hotel de cinco estrellas” porque la nuestra era más asequible de precio. En ese momento me sentí todavía peor, yo dirijo un centro pequeño, rural, donde no se escatima el gasto necesario para garantizar una calidad real y superior a la de otros centros donde se cobra por todo, no pretendemos ser un hotel de cinco estrellas. Los que trabajamos allí gastamos mucho tiempo que robamos a nuestras familias en formarnos y mejorar cada día. A veces me pregunto si no sería mejor cobrar 200€ más a cada uno de ellos y adornar nuestro servicio de todo aquello que hace que unos sean “hoteles de cinco estrellas” y otros seamos sospechosos por ser más económicos.
jueves, 7 de octubre de 2010
La familia en las residencias
Ya he comentado aquí la importancia del afecto y el cariño de la familia en el cuidado de la persona mayor, cada día la experiencia me demuestra que son insustituibles. Nosotros les cuidamos y pasamos las 24 horas a su lado pero no somos su familia, ni queremos, ni podemos, ni debemos serlo.
L. es una persona que siempre ha estado contenta y satisfecha aquí, ingresó, ya hace cinco años, recuperándose de una fractura de cadera y con un diagnóstico muy incierto en cuanto a su movilidad, hoy anda perfectamente. Recuerdo una anécdota de cuando ella tan sólo llevaba un año aquí. En todos los centros uno de los caballos de batalla es el tema de las comidas, nunca están contentos y no digamos si la cocinera está de vacaciones y está su sustituta. Tuve un motín general, que la cocinera no les gustaba y que todo estaba muy malo. Tengo que decir que yo como todos los días aquí, compruebo diariamente lo que se come, cómo se cocina y estoy encantada de la variedad y de los menús. Estuve cerca de una hora explicándoles que la sustituta guisaba los menús que la otra cocinera elaboraba y que la comida era igual de buena. No creo que lograra que me entendieran.
Al rato L. apareció en mi despacho y me dijo:
“Vengo a decirle que mañana hará un año que estoy aquí y que yo sí que estoy muy contenta con todo”
Aquella frase en aquel momento me sentó muy bien, me hizo sonreir. Cuando tengo momentos de discrepancia con ellos, recuerdo estas frases, son un bálsamo que me alivia el estres de dialogar con ellos sin que apenas me escuchen ni quieran entenderme.
Hace unos días L., tuvo varios episodios de desorientación y comportamiento anómalo. Nos preocupó bastante e incluso hicimos que la viera el médico por si hubiera sufrido algún ACV (accidente cerebro vascular). De pronto recordé que el día anterior había ido a mi despacho preocupada y me había contado que hacía mucho (una semana) que no veía a su hijo, que estaba segura que le había pasado algo. Hace un tiempo murió un hijo suyo de repente y no lo ha olvidado. Estuve tranquilizándola y diciéndole que no pasaba nada que su hijo habría tenido cosas que hacer. Esa misma tarde comenzó a desorientarse y a no levantar la mirada del suelo. Iba ya a llamar a su hijo cuando este apareció por la puerta. L., se levantó de la silla con una alegría indescriptible y volvió a la realidad, así de sencillo.
Muchas veces estas experiencias hay que vivirlas para creerlas, la fuerza que tiene el vínculo familiar es muy intenso y supera cualquier medicina.
L. es una persona que siempre ha estado contenta y satisfecha aquí, ingresó, ya hace cinco años, recuperándose de una fractura de cadera y con un diagnóstico muy incierto en cuanto a su movilidad, hoy anda perfectamente. Recuerdo una anécdota de cuando ella tan sólo llevaba un año aquí. En todos los centros uno de los caballos de batalla es el tema de las comidas, nunca están contentos y no digamos si la cocinera está de vacaciones y está su sustituta. Tuve un motín general, que la cocinera no les gustaba y que todo estaba muy malo. Tengo que decir que yo como todos los días aquí, compruebo diariamente lo que se come, cómo se cocina y estoy encantada de la variedad y de los menús. Estuve cerca de una hora explicándoles que la sustituta guisaba los menús que la otra cocinera elaboraba y que la comida era igual de buena. No creo que lograra que me entendieran.
Al rato L. apareció en mi despacho y me dijo:
“Vengo a decirle que mañana hará un año que estoy aquí y que yo sí que estoy muy contenta con todo”
Aquella frase en aquel momento me sentó muy bien, me hizo sonreir. Cuando tengo momentos de discrepancia con ellos, recuerdo estas frases, son un bálsamo que me alivia el estres de dialogar con ellos sin que apenas me escuchen ni quieran entenderme.
Hace unos días L., tuvo varios episodios de desorientación y comportamiento anómalo. Nos preocupó bastante e incluso hicimos que la viera el médico por si hubiera sufrido algún ACV (accidente cerebro vascular). De pronto recordé que el día anterior había ido a mi despacho preocupada y me había contado que hacía mucho (una semana) que no veía a su hijo, que estaba segura que le había pasado algo. Hace un tiempo murió un hijo suyo de repente y no lo ha olvidado. Estuve tranquilizándola y diciéndole que no pasaba nada que su hijo habría tenido cosas que hacer. Esa misma tarde comenzó a desorientarse y a no levantar la mirada del suelo. Iba ya a llamar a su hijo cuando este apareció por la puerta. L., se levantó de la silla con una alegría indescriptible y volvió a la realidad, así de sencillo.
Muchas veces estas experiencias hay que vivirlas para creerlas, la fuerza que tiene el vínculo familiar es muy intenso y supera cualquier medicina.
domingo, 21 de marzo de 2010
Gracias a las familias
Esta noche quiero dar las gracias a esas familias de nuestros residentes que nos ayudan y apoyan en nuestra labor. Es muy diferente contar con ellas y con su complicidad que tenerlas en frente siempre dispuestas a protestar por todo. En nuestro centro tenemos varias de las primeras que con una frase nos hacen sentirnos tranquilos y orgullosos de nuestro trabajo. Acabo de leer un comentario de una nieta de nuestro L..., son un ejemplo de lo que hablo. Siempre han estado a nuestro lado ayundándonos a cuidar de él, cooperando para solventar los problemillas y haciendo que todo esto tenga un sentido positivo. Gracias por estar con nosotros.
martes, 9 de febrero de 2010
El sentido de culpabilidad de las familias
He visto que Elvira se ha sorprendido del comentario que he hecho del sentido de culpabilidad de las familias, es probable que no me haya expresado bien. Te lo explicaré en primera persona, diciendote lo que yo sentí cuando tuve que ingresar a mi padre.
Cuando llevamos a un familiar a un Centro, no siempre estamos convencidos de que es lo mejor para él, y lo que es peor, en muchos casos el mayor no desea ir. En un porcentaje muy alto de casos es la solución mejor para su cuidado, lo sabemos, pero nos sentimos mal por no poder darle esos cuidados en su propia casa. Cuando le dejamos en la residencia nos invade el sentido de culpabilidad que se transforma en un afán constante de supervisión hacia la labor del personal. Nos mostramos dubitativos con la elección que hacemos del tipo de centro, pensamos que no le van a cuidar bien e incluso exigimos cosas imposibles. Durante el período de adaptación estamos pendientes de todo, de lo importante y de lo menos importante y manifestamos nuestras quejas incluso con impaciencia.
Esa fase pasa cuando nos damos cuenta de que las cosas son mucho más sencillas de lo que pensamos, que el cuidado de nuestro mayor exige profesionalización y que las personas que lo atienden tienen hacia él cariño y cuidado. A partir de ese momento nos sentimos mejor y comenzamos como familia a relajarnos y a colaborar en su cuidado.
Cuando llevamos a un familiar a un Centro, no siempre estamos convencidos de que es lo mejor para él, y lo que es peor, en muchos casos el mayor no desea ir. En un porcentaje muy alto de casos es la solución mejor para su cuidado, lo sabemos, pero nos sentimos mal por no poder darle esos cuidados en su propia casa. Cuando le dejamos en la residencia nos invade el sentido de culpabilidad que se transforma en un afán constante de supervisión hacia la labor del personal. Nos mostramos dubitativos con la elección que hacemos del tipo de centro, pensamos que no le van a cuidar bien e incluso exigimos cosas imposibles. Durante el período de adaptación estamos pendientes de todo, de lo importante y de lo menos importante y manifestamos nuestras quejas incluso con impaciencia.
Esa fase pasa cuando nos damos cuenta de que las cosas son mucho más sencillas de lo que pensamos, que el cuidado de nuestro mayor exige profesionalización y que las personas que lo atienden tienen hacia él cariño y cuidado. A partir de ese momento nos sentimos mejor y comenzamos como familia a relajarnos y a colaborar en su cuidado.
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